Quizás te preguntes cómo es bucear y pintar en la inmensidad del océano o cómo he llegado a dedicarme a la pintura submarina

Esta es mi historia

Todo es un aprendizaje, ya que la persona que soy ahora es el resultado de las experiencias y circunstancias de la vida.

Tras soñar desde niña con el océano y trabajar en el mundo marino como ilustradora y artista, un día me ocurrió algo que nunca imaginé que pasara y que me llenó de dolor hasta el infinito.

Una tarde de abril perdí a toda mi familia. Esto me llevó a escapar lo más lejos que pude, que fue el mar…

Compré un viejo barco que casualmente se llamaba Fuga, y con mis dos perros y mi loro como grumetes, más toda la tristeza que llevaba dentro, me fui a navegar por el Mediterráneo sin fecha de regreso.

Imagen del velero Fuga, donde Ely Phenix vivió durante varios años
Ely Phenix sonríe mirando al horizonte mientras sostiene el timón del barco

En todo este tiempo, sufrí anorexia y bulimia porque no sabía cómo gestionar tanta tristeza. Al ser humano no le educan en la gestión de las emociones.

Navegaba, pintaba porcelana en el Fuga y vendía mis piezas en los puertos. Visitaba islas maravillosas que me hacían sentir parte de ellas, de sus rutinas y de los ecosistemas de los que el ser humano se ha desconectado. 

Mi casa fue el Mediterráneo.

Observaba a los peces en su medio, convivía con ellos, les entendía, me veían ahí… hasta que decidí quedarme más tiempo en la islas que visitaba. Ahí entraron en mi vida tantas personas bonitas como Niki, Paola y Paolo Francisco de Walkirye.

Una de las porcelanas con motivos corales pintadas por Ely Phenix
Una de las porcelanas pintadas por Ely Phenix con varios caballitos de mar dorados

Esos años navegando por el Mediterráneo, el mar y todas las personas que conocí, se convirtieron en mi familia y en mis maestros ya que me dieron la fortaleza para volver a tierra.

Me acuerdo también de mis años como ilustradora y directora de arte para revistas como Mondo Sommerso, Aqua y Subaqva, donde he hecho maravillosas amistades. Éramos un grupo de incondicionales del océano que no faltábamos a ningún evento importante en países como Francia, Italia o EE.UU.

Soy muy afortunada porque en mi vida aparecieron personas tan increíbles como Yves Omer y André Laban, buzos del equipo de Jaques Costeau. Pude estar con Enzo Maiorca y hermanarme con su hija Patrizia, ambos récords mundiales en apnea… y como no Giulio Melegari, al que respeto y quiero mucho.

Con ellos pude aprender y comprobar el gran amor que tienen por el océano y la conexión que se establece con el mundo marino cuando buceamos y pintamos.

La unión que hice con el mar me aportó una paz que me hizo volver a tierra, a investigar los beneficios del arte en personas enfermas. Trabajé diez años como voluntaria en hospitales, y me matriculé en la Universidad de Milán para estudiar arteterapia, finalizando mis estudios con una tesis sobre la neurociencia de la visión. 

Fue el tiempo en el que elegí sanar.

Y lo logré.

Pintar bajo el mar es algo verdaderamente único

Y es diferente a hacerlo en tierra. En el fondo del mar el ojo percibe la luz y los colores de otra forma, haciendo que se convierta en una experiencia extraordinaria.

En mis obras se refleja todo este mundo, por eso el resultado aporta tanto a quien las observa. El cambio al medio marino varía todo el proceso de percepción de quien mira por primera vez.

El respeto que siento por el océano es tan grande que mis pigmentos son totalmente ecológicos, y están compuestos por algas, tierras y flores, evitando así cualquier tipo de contaminación.

Cuidar del mar y de todo su mundo es parte de mi trabajo, es mi forma de vida, y así lo represento en mis cuadros.

El océano es el líquido amniótico de la Tierra, es el guardián de las memorias emocionales de quien se sumerge en él, aporta la calma que necesitamos y es por eso que el ser humano siente paz al bucear en su inmensidad.